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Toño... cuando un amigo se queda

Por Ileana Cidoncha
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular


José Antonio Torres Martinó junto a su progenitora, doña Vicenta, en una foto tomada en la década de 1970. (Foto cortesía Hermandad de Artistas Gráficos de Puerto Rico)
Solía decirme Toño con frecuencia: “Los amigos no deben morirse”, cuando alguno se marchaba. José Antonio Torres Martino, el apellido de su madre, doña Vicenta, era Martino pues venia de una familia italiana que se asentó en Ponce, o sea que en realidad es palabra llana terminada en vocal que no lleva acento, pero nosotros los puertorriqueños somos gente de agudos, por lo que no sólo le endilgamos la tilde sino que la gran mayoría de las personas, incluyendo muchos de sus íntimos, lo llamaban sencillamente “Martinó”.

A Toño lo conocí alrededor de 1960 cuando comencé a frecuentar al café Palace en Santurce, ubicado entre los cines Metro y Paramount. Allí iban a parar después del cine, el teatro o cualquier otra salida actores, artistas, escritores y amigos de los anteriores. Entre ellos se daban cita allí casi diariamente Andrés Quiñones Vizcarrondo y su esposa Norma Candal, quien sería al nacer mi primera hija, mi comay. Mi esposo y yo, éramos los más jóvenes, y ante tanta sabiduría nos quedábamos calladitos, escuchando y aprendiendo de estas personas tan interesantes que destripaban películas, obras de teatro, libros y la política local e internacional. Una noche llegó este señor alto y guapo de pelo y bigotes negrísimos, y como era costumbre nadie presentaba a nadie pues se entendía que los que sentaban en esa “peña”, se conocían, y ya.

Yo quedé impresionadísima con este hombre de voz profunda de locutor -que era entre otras cosas-, pues hablaba con tantos conocimientos de todo lo que se estuviera barajando ese día, que mi silencio tímido llegó a la cúspide cuando él hablaba, palabras que no hacían alarde de nada. Una noche él estaba tratando de recordar el autor de unos libros que se habían puesto de moda, “Inside USA”, o “Inside lo que fuera”. Bajito dije John Gunther, Creo que me miraría tal vez por primera vez con interés, y desde ese momento se abrió el portal, amplio y alto, de nuestra amistad, relación que continuó a través de todas estas décadas, al punto que mis hijas, Marta y Amalia, por su cuenta comenzaron a llamarlo “Papá”, hasta el día de hoy. Esa es la magia de la amistad, por sobre todas las demás relaciones humanas, puede ser imperecedera, y en el caso de Toño lo fue.

Fuimos descubriendo que teníamos muchos gustos en común, así que cuando no teníamos pareja o se daba la ocasión salíamos al cine y luego a comer, otro placer que desfrutábamos ambos. Como era la voz del noticiario Viguié, tenía un pasé para entrar a ciertos cines, que leía Sr. Torres y señora, teníamos que hacernos pasar por marido y mujer, lo que nos divertía muchísimo.

Dentro de esa relación de amistad, siempre permaneció viva la de discípula y maestro, pues Toño era una fuente inagotable de conocimiento, cualidad que había adquirido por un lado de la lectura pues su escolaridad formal fue sólo hasta cuarto año de la superior y por otro de sus vivencias que había vivido en Nueva York, y los estudios de arte que hiciera en Europa, a finales de la década del 40, particularmente en París donde fue a estudiar con una beca del Instituto de Cultura. “Infima”, por cierto, recuerda, contando con su gracia tan particular las penurias y aventuras de esa estadía.

Me encantaba escuchar la noche que sentado en una barra en París donde entabló una conversación con otro que también tomaba un trago mientras esperaba por su mujer. Cuál no sería su sorpresa al percatarse que el tipo era Cerdán, el púgil, quien esperaba por la Edith Piaff. Entre su anecdotario que no tenia fin, de los que además de divertirme me ensañaban cosas, Toño fue mi maestro post graduado de arte, de cine, de literatura, de historia de Puerto Rico, de política mundial y también de señorío, del suyo, de insondable profundidad

Cuando comenzó a dar clase de grabado en la Facultad de Arquitectura de la UPR en Río Piedras, lo visitaba con frecuencia pues entonces yo enseñaba en Estudios Generales. Verlo de maestro era como comerse un flan de queso, ¡qué forma de comunicar a aquellos futuros arquitectos no sólo cómo hacer un grabado sino cómo se miraba el mundo!

Artista plus, descollaba demás en todo lo que se proponía: maestro, editor de libros, dirigente laboral, locutor, columnista, publicista, escritor, pero sobre todo un ser humano único, un hombre probo, un amigo que desafía toda calificación, pero sobre todo mi hermano por selección, mi amigo que no se va, se queda.

 

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