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'Tinajón' Feliciano según
Ayoroa Santaliz

El libro “Los efectos
secundarios de la fama”, de Raúl Tinajón Feliciano, acaba de
ser editado por Mariana Editores. |
El lanzamiento
del libro autobiográfico “Los efectos secundarios de la fama”, de
Raúl Tinajón Feliciano, ha puesto al relieve detalles importantes de
lo que ha sido la vida de uno de los grandes íconos del deporte
puertorriqueño. Ante ello, la publicadora, Mariana Editores, ha
delegado en importantes figuras del quehacer cultural del País su
presentación en diversas ciudades. Por su valor y precisión del
resumen histórico a continuación reproducimos íntegramente el texto
de presentación realizado en Guaynabo por el licenciado José Enrique
Ayoroa Santaliz.
Por eso tierra borincana, de
aquí se alejan tus hijos... Porque gozas sus conquistas y las
pagas con olvido... Por eso se fue lejos Caratini y Fogonero se
ha ido. Por eso se marchó lejos la gloria que es nuestro Sixto.
Y del fondo de mi alma sale “por eso” este grito: ¡No!...!No
quiero que sea atleta el hijo que me ha nacido! Que no conozca la
gloria si han de pagar con olvido, cuando su pelo esté blanco y
sus músculos dormidos.
Don Emilio E. Huyke (Poema La
Futura Estrella)
A la memoria de mis primos Manolín y Paquito
Abréu Castillo, Chetón Bravo Abréu, de mi tio Fernando Ayoroa,
amigos de juventud del autor de este libro y a mi primo Alfredo
“Totó” Lamela quien se enfrentó al autor en la famosa Serie
Cuadrangular del año 1952, en España.
Por José Enrique
Ayoroa Santaliz
Cuando yo aún era deportista, el
domingo 25 de marzo de 1979, nueve meses antes de que yo tomara e
hiciera pública la decisión de desligarme para siempre de toda
actividad deportiva, el diario El Mundo me publicó una columna
periodística de toda una página de aquél formato grande que el
diario tenía entonces, titulada “Raúl ‘Tinajón’ Feliciano”. Esa
columna comienza con estas palabras que cito literalmente: “ Pocas
cosas son tan fatuas, veleidosas y fugaces como la fama. Es curioso
que el ser humano continúe arriesgando valores universales e
inmutables por coquetearle”. (Desde luego, por coquetearle a la
fama).
Muy pocos deportistas puertorriqueños, sigue diciendo
aquella columna, fueron tan famosos en sus días de esplendor
atlético como Raúl “Tinajón” Feliciano.
“Hasta
una copla popular – en ritmo de plena – iba de boca en boca cantando
su gloria: ‘ University plena, plena pa’ Tinajón, el Rey del Canasto
y su equipo Campeón”.
“Fue
además - sigue diciendo la columna - , de los que sobrellevó con
mayor mansedumbre los cantos de sirena de la popularidad”.
El “Rey del Canasto”, repito hoy, treintiún años después de la
publicación de aquella columna, supo manejar sabiamente durante sus
días de gloria deportiva “...los cantos de sirena de la
popularidad”.
Al igual que el poeta Luis Lloréns Torres, ya
en plena adultez Lloréns, ya en el ocaso de su vida ampliamente
exitosa en la poesía y en el Derecho, el también abogado Raúl
Feliciano Rodríguez supo desde siempre la sabiduría de lo que afirma
Lloréns en su inmortal poema titulado “El Valle de Collores”:
“ Ay, la gloria es sueño vano”.
Su compañero en
varios equipos, incluso en nuestro Equipo Nacional, y hombre
igualmente respetable y admirable, Roberto Morales, me dijo por
aquél tiempo, y aparece en mi columna: “ La humildad de Raúl es
fantástica. Yo me acuerdo cuando viajábamos a la isla. Puruco
(Meléndez), su inseparable, y los muchachos, decían ‘¡Aquí va
Tinajón!’, y él decía ´shsshssh, cállense la boca, no tienen que
decir nada’. / Bien humilde...”

Raúl “Tinajón” Feliciano recibe
instrucciones del entrenador Víctor M. Pérez durante unas
prácticas en 1950. (Foto suministrada) |
En las
fotografías suyas que difundía la Prensa durante aquellos años de
gloria deportiva, es altamente evidente para el que sabe leer la
expresión de un rostro ( y lo que esa expresión proyecta y
comunica), el retraimiento, la modestia, su evidente timidez.
Frecuentemente su mirada estaba caída o soslayada. No miraba de
frente a la cámara. La fama evidentemente le pesaba, le perturbaba o
le incomodaba.
El ratifica esta característica timidez suya,
que yo le intuía durante mi adolescencia desde mi remota distancia
isabelina, en las páginas 36, 37, 71, 77, 93, 107, 108, 111, 117,
119, 128, 180 y181. Casi puede decirse que esta timidez, en su
juventud, lo definía.
De ese modo manejó Raúl en sus días de
gloria deportiva lo que Jaime Córdova llama, en el excelente Prólogo
que le hizo a este libro, “...Esa impostora llamada fama”.
Ahora bien, transcurridos 54 años desde su “verdadero retiro” de las
canchas, en el año 1956, y transcurridos 31 años desde la
publicación de aquella columna periodística mía del 25 de marzo de
1979, aquel inmenso héroe deportivo de los años de la mitad del
pasado Siglo, escribe y publica sus Memorias, su autobiografía, este
libro que tengo el honor de presentarles, y no por casualidad lo
titula: “Los efectos secundarios de la fama”.
Los “efectos
secundarios” de la fama no son fáciles de prever o anticipar...No
hay advertencias impresas como la literatura médica que acompaña a
los frascos de las medicinas recetadas.
La historia de la
humanidad está llena de ejemplos de seres humanos exquisitos que
padecieron en sus días “Los efectos secundarios de la fama”.
Baste, para abreviar, un solo ejemplo, el del muy célebre cantante y
actor cinematográfico mejicano José Mojica (1895-1974), cuya fama
internacional era comparable a la de su contemporáneo, también actor
de cine, italiano, Rodolfo Valentino, quien nació el mismo año de
1895 y falleció prematuramente a la corta edad de 31 años.
En la plenitud de su fama, en la cúspide del éxito, José Mojica
sorprendió al mundo cuando ingresó como sacerdote a la Orden
Franciscana, con el nombre de Fray José Guadalupe Mojica, y se
enclaustró en un Convento de Clausura, de encierro, en el Cuzco, en
Perú, conocedor, como era, de la fatuidad, de la veleidosidad de la
fama.
Este libro no es, en sentido estricto, un libro
deportivo , aunque recoge adecuadamente la vida deportiva y está
escrito por una de las más rutilantes estrellas del deporte de toda
nuestra Historia.
Nuestro muy querido amigo Jaime Córdova, lo
dice del modo que sigue en el magnífico Prólogo que le escribió al
libro: “...este es un buen momento para aclarar que ‘Los efectos
secundarios de la fama’ no es un libro sobre baloncesto”.
No
es que el libro no cubra de manera muy satisfactoria su vida
deportiva, la cubre cabalmente. No quiero moverlos a confusión o
error por no expresarme adecuadamente. Además, su vida
baloncelística está profusamente ilustrada y sustentada en el libro
con estupendas fotografías de época.
Ahora bien, la realidad
es que este libro abarca la totalidad de la vida, ya de ochenta años
de extensión, de Raúl Feliciano Rodríguez, un puertorriqueño nacido
en Ciales, Puerto Rico, el 31 de julio de 1930, hijo de doña Eva
Rodríguez Pascual, oriunda de Guayanilla y de don Lino Feliciano,
oriundo de Peñuelas.
Tanto es así que este no es solo un
libro deportivo, en sentido estricto, que consta de 17 segmentos o
capítulos (excluyendo la Dedicatoria y el Prólogo), y sólo en apenas
cinco (5) o seis (6) de esos segmentos o capítulos habla de su
gloriosa carrera baloncelística, de su Presidencia del Circuito de
Béisbol Superior (1957) y de su condición de Productor y locutor de
los juegos de los equipos de San Juan, Santurce y Río Piedras; y en
algunos de esos cinco(5) o seis (6) segmentos o capítulos solo lo
hace de manera referencial, indirecta, tangencial o circunstancial.
Este es el libro auto-biográfico, en fin, de la totalidad de
una vida, larga, polifacética y paradójica.
Este libro es,
sobre todo, en su conjunto, el testimonio de vida de un cristiano.
El autor lo explica del siguiente modo en la página 15 del
libro: “ Hace muchos años, me invitaron junto a un grupo de abogados
cristianos, a ofrecer mi testimonio en la Primera Iglesia Bautista
de Carolina. Era para aquella época, Pastor de esa iglesia, el
Reverendo Castro (q.e.p.d.). Al terminar el culto, el Reverendo se
encontró conmigo en la puerta de salida y me preguntó: ‘¿Por qué no
publicas tu testimonio? Podría ser de bendición para muchas
personas”.
“Le
contesté que me parecía una buena idea y que lo pensaría. Por
pereza, no hice ninguna otra gestión”.
“Finalmente,
luego de pensarlo y consultarlo con El Señor, decidí publicar este
libro sobre mi vida, con el único propósito de darle ¡Honra y
Gloria! Al Señor. Si este libro sirve para salvar un alma, valió la
pena publicarlo”.
Su mamá, doña
Eva, se graduó, a los 83 años de edad, y con honores, del Seminario
Evangélico Defensores de la Fé. Ambos hijos suyos le sirven al Señor
Jesucristo. Beba es pastora de una iglesia en Elke Grove,
California; y su hermano, Junior, es pastor de jóvenes en esa misma
iglesia.
Permaneciendo un poco más de tiempo en este plano
evangélico, el adulto Raúl Feliciano Rodríguez, ya graduado de
abogado y Juez en funciones, a la corta edad de 22 años, en el
pueblo de Salinas, entró, en palabras textuales suyas que transcribo
de la página cien (100) del libro: “En la jungla que es la
humanidad”. Son palabras textuales suyas.
A partir de esa
época, su vida, tal y como él la relata en este libro, se me antoja
un símil del personaje bíblico Job, del Antiguo Testamento.
“Agobiado por múltiples desgracias, Job supo sobreponerse y
recuperó, por su fe y resignación, cuanto había perdido”. “Su
paciencia y su fe superan todo mal y mantienen su resignación, que
jamás desfallece”. (Enciclopedia Ilustrada Cumbre).
El libro
es rico en matices. Concurro con Jaime Córdova cuando dice: “ Nos
impresiona el inventario de personajes que Raúl es capaz de recordar
de esta comunidad (el pueblo de Río Piedras), y que parece incluir a
todas las familias que vivían en el área de Capetillo, la Padre
Colón, la William Jones, Venezuela, la Vallejo, con información
sobre el deporte favorito de cada cual y lo que finalmente hicieron
con sus vidas”.

Instantánea de 1949 en la que
se ilustra el momento en que Raúl “Tinajón” Feliciano recibe
la letra insignia de su equipo de manos de Jaime Bénitez,
rector de la Universidad de Puerto Rico. (Foto suministrada) |
De
mucho interés para el lector es conocer cómo se van entrelazando
desde temprano en su vida, de muy diversos modos, directos e
indirectos, figuras de nuestra Historia, tales como don Pedro Albizu
Campos, Ramón Rivero “Diplo”, doña Inés María Mendoza de Muñoz
Marín, la compositora Puchi Balseiro, el profesor José Antonio
Ortiz, don Antonio Ayuso Valdivieso (fundador y dueño del periódico
El Imparcial), Ruth Fernández, Filiberto Ojeda Ríos, vecino suyo en
la Calle De Diego; la familia Unanue; la licenciada Olga Cruz de
Nigaglioni; la Familia Rigau; el juez Benjamín Ortiz, del Tribunal
Supremo; el licenciado Chaguín Polanco Abreu; el licenciado Salvador
Acevedo Colón y doña Elba Vilá y el licenciado Juan Mari Bras, entre
otros tantos.
Raúl salió de su pueblo natal de Ciales a los
seis meses de edad, con rumbo al pueblo de Naguabo, debido a un
traslado que le hicieron a su padre en su condición de
Superintendente de Escuelas. “Al igual que en Ciales, el baloncesto
era el deporte favorito de Naguabo.” (Página 34).
En el año
1934, a los cuatro años de edad, su padre fue trasladado al pueblo
de Añasco y allá fueron a vivir. “En Añasco había una cancha de
baloncesto en la esquina de la plaza, igual que en Naguabo.” (Página
37).
En el año 1937, a los siete años de edad, su padre fue
nombrado Supervisor General y fue trasladado a Santurce, a la
capital. Raúl la llama “La Losa”, y así titula el tercer segmento o
capítulo del libro.
En este segmento o capítulo, en la página
41 del libro, hace esta emocionante revelación: “ Viviendo en la
Calle Américo Salas (de Santurce) fue que por primera vez vi un
canasto de baloncesto y fue la primera vez que tiré. Creo que fallé
aquel tiro”.
En el año 1940, cuando tenía 10 años de edad, se
mudaron a Río Piedras. Fue allí donde se inició en el baloncesto, en
un torneo local para jugadores hasta la edad de 15 años o “Futuras
Estrellas”, organizado por Ramón “Monchito” Medina.
Cuenta
Raúl que el equipo favorito para ganar el torneo era el de Los
Tifones, auspiciado por el equipo de los Cardenales de Río Piedras,
del Baloncesto Superior. El equipo de Raúl lo componían, además de
él, sus hermanos, Rubén y Lino, mi tío Fernando Ayoroa y Jaime
Veray, entre otros.
Apostilla el autor (en la página 47): “
... les dimos ‘una pasada de rolo’ a los Tifones al ganar el
torneo”.
Al año siguiente, organizan un equipo, sin apoderado
ni dirigente, llamado los Río Piedras Bombers. Además de Raúl, lo
formaban Eddie Ríos Mellado, Tibique Jiménez, Eneas Clabery, “Món”
Ortiz, su hermano Lino Feliciano y mi tío Fernando Ayoroa. Entre mi
tío Fernando y él pintaron unas camisetas blancas con unas pastas
que venían para teñir ropa, “hirviéndolas en agua dentro de una lata
de manteca.”
Con toda esa precariedad en su contra, fueron a
San Juan al Carnaval de Campeones que se llevó a cabo en las canchas
de la Parada 8, detrás del Parque Muñoz Rivera, frente al mar.
Competían su pueblo natal de Ciales, San Germán, San Juan y los muy
humildes Río Piedras Bombers.
Relata el autor en la página 49
del libro: “ Cuando llegamos a la cancha, los muchachos de San Juan
nos chacoteaban, tildándonos de jíbaros, y diciendo que nos darían
una soberana pela. Recuerdo que ellos tenían un bello uniforme y
rodilleras de cuero. Con todo y eso, les pasamos el rolo a todos, y
nos declaramos Campeones Estatales”.
“Eso
éramos, Campeones Estatales, a pesar de no tener un uniforme
‘flashy’, de jugar con las tenis rotas y de ser un equipo sin cancha
– hogar donde practicar”.
Todavía hoy
Raúl siente la amargura de que formaron parte de dos equipos
campeones, el de Futuras Estrellas y los Río Piedra Bombers, cuyos
componentes residían en lo que él llama repetidamente “Uptown
Capetillo” y la dirección de los Cardenales de Río Piedras del
Baloncesto Superior no contó con ninguno de ellos, para que optaran
por un puesto en el equipo grande, “...siguieron con sus
privilegiados,” dice. Este aspecto es muy digno de tomarse en muy
seria consideración, por las hondas consecuencias que tuvo más
adelante en su vida como jugador. Este dolor, añejado a lo largo de
mucho más de medio Siglo, aún le amarga en la garganta.
En
definitiva, llegó al baloncesto superior, al baloncesto grande, en
el año 1948 y terminó segundo en anotaciones con 14.3 puntos por
juego. Aclara en la página 70: “... los cronistas deportivos deben
revisar sus estadísticas...” a este respecto.
En la primavera
de 1949, anotó en juegos interuniversitarios, Liga de calidad
inferior al baloncesto superior, un promedio de 28 puntos por juego.
Al comienzo de la temporada del baloncesto superior de 1949, en
el primer juego de esa temporada, en Quebradillas, anotó 32 puntos.
Ello provocó un titular de primera plana de ocho columnas en el
periódico El Mundo, el de mayor circulación en aquel momento.
Nos cuenta el autor al respecto: “Siguió la temporada de 1949 y
seguí anotando alrededor de 30 puntos por juego provocando una
publicidad sin precedente en el deporte puertorriqueño. Se escribían
titulares y columnas por distinguidos escritores deportivos, por
montones...”.
“Para
mi asombro, me comparaban con Babe Ruth, el pelotero, por llevar
grandes masas de fanáticos a las canchas. Se hablaba de la era de
Tinajón (apodo del cual hablaremos luego) y había dos épocas: antes
y después de Tinajón. Sentía que ningún atleta en Puerto Rico había
recibido tanta atención y publicidad”.
Así fue, en
efecto, y ahí está la mayor gloria deportiva del auto – biografiado
en este libro.
Puerto Rico ha tenido, tiene y tendrá
extraordinarios baloncelistas, pero la mayor gloria, la gloria única
de Tinajón Feliciano, es que partió en dos épocas la historia de
nuestro baloncesto: antes de Tinajón , y después de Tinajón.
Hasta su
aparición en nuestras canchas, Puerto Rico había tenido glorias
inmortales en nuestro baloncesto, como Onofre Carballeira, por citar
un solo caso, de quien se decía que él solo era todo un equipo. Sin
embargo, nuestro baloncesto era todavía una actividad de pequeños
núcleos, con audiencias respetables, pero modestas, medidas en
cientos.
Tinajón fue a nuestro baloncesto lo que Babe Ruth
fue al béisbol de las Grandes Ligas: el que llevó el baloncesto a
los titulares de las primeras planas de la Prensa; el que llevó
grandes masas de seguidores a las canchas; el que llevó masivamente
el baloncesto a los caseríos, a los pueblos pequeños y a las zonas
rurales de Puerto Rico.
En los años de su gloria deportiva,
entre 1948 y 1956, este humilde servidor de ustedes tenía entre
nueve (9) y dieciseis (16) años de edad, y para mí, y para los
jóvenes de mi pequeño pueblo ( para efectos de personalizarlo y de
dar fe de un hecho que me consta personalmente), Raúl “Tinajón”
Feliciano era un pequeño dios (no es una blasfemia), era una deidad.

Raúl “Tinajón” Feliciano posa para el
lente con el licenciado José Enrique Ayoroa Santaliz la
noche de presentación del libro de Mariana Editores, “Los
efectos secundarios de la fama”. (Foto suministrada) |
La “Era
de Tinajón” conmocionó positivamente a aquel Puerto Rico lúdico de
mediados del pasado Siglo. Implantó el récord de anotación en un
juego con 46 puntos en el año 1949. Anotó un total de 50 puntos en
otro partido; anotó 40 puntos o más en cuatro ocasiones; fue el
Campeón de anotaciones de los Juegos Deportivos Centroamericanos y
del Caribe celebrados en Méjico en 1954; fue el campeón de
anotaciones individuales en siete temporadas; pasaba, “gardeaba” y
rebotaba más que nadie; en 1949, cuando nos visitó el equipo de la
Universidad de Long Island, de don Clair Francis Bee, anotó 24
puntos frente a defensas de 6’7”, 6’8” y 6’11” de estatura, por lo
que le hicieron la primera oferta para que jugara en la NBA (luego
le hicieron otras ofertas); en una gira por los Estados Unidos,
anotó 34 puntos contra los Gigantes de Rhode Island, y 32 puntos
contra West Point; actuación con la que empató la marca de todos los
tiempos para la cancha de West Point: en la Serie Cuadrangular que
se llevó a cabo en España, en el año 1952, la Revista Marca,
dedicada a deportes y que circulaba por toda España, le dedicó toda
su portada, con su retrato y una nota al calce que leía: “El Mejor
Baloncelista del Mundo”; y desde luego, lo exaltaron al Pabellón de
la Fama del Deporte Puertorriqueño, en 1966.
Raúl “Tinajón”
Feliciano era un titán, una deidad. El pueblo lo hizo suyo y lo
llevó a la consagración que muchas veces es su voz colectiva, a la
copla popular.
Los pueblos cantan la grandeza de sus grandes
héroes en la copla popular, y los hacen leyendas.
Desde
tiempos de la dominación española, nuestro pueblo iba repitiendo:
“En
el puente de Martín Peña
mataron a
Pepe Díaz que era el hombre más valiente que el rey de España
tenía”.
Desde mediados del Siglo pasado, César Concepción
recogió la voz de nuestro pueblo, la hizo copla autóctona en el
género de la plena y se la devolvió al pueblo de donde surgió, en la
voz de Joe Valle, diciendo:
“University
Plena, plena pa’ Tinajón
el rey del
canasto y su equipo campeón”.
Su fama fue de tal
magnitud, como lo ilustra esta sabrosa anécdota que recojo
literalmente del libro: “Alguien me hizo una anécdota sobre una
celebración de una reunión política en un campo de un municipio de
la Isla donde había como 200 personas congregadas. Dos niños
curiosos se acercaron a un adulto que allí estaba y le preguntaron:
- ¿Qué pasa aquí que hay tanta gente?
El señor le contestó:
- Es que viene el hombre más famoso de Puerto Rico.
Los
nenes gritaron: - ¡Que bueno! ¡Ahora conoceremos a Tinajón!
La verdad es que era un mitin del gobernador Luis Muñoz Marín.
Como me lo contaron lo cuento. No sé si es verdad o cuento de
camino”.
Luego hay que estar muy preparados para enfrentar
los efectos secundarios, que atacan inesperadamente.
Ya hacia
el cierre del libro, en las páginas 152 y 153, el autor hace esta
admonición: “ Soy un fanático del poeta Luis Lloréns Torres,
especialmente cuando dice:
“Ay,
la gloria es sueño vano.
Y el placer,
tan solo viento, Y la riqueza tormento. Y el poder, hosco
gusano. Ay, si tuviera en mis manos borrar mis triunfos
mayores, y a mi bohío de Collores volver en la jaca baya
por un sendero entre mallas arropás de cundiamores."
Cuánto
hubiera deseado no haber tenido gloria, el sueño vano, ni la riqueza
que fueron tormentos; ni el hosco gusano del poder. Si hubiese
estado en mis manos borrar mis triunfos mayores, como se borra un
pizarrón, sin dejar huellas, y Dios me hubiese concedido el favor de
haberme criado en un campo de mi Ciales querido, aunque fuera hijo
de un campesino, sin fama, sin gloria, sin tormentos, no hubiese
pasado los traumas que pasé.
“Tenía
que pagar el precio de una fama excesiva que nunca busqué, pero que
disfrutaba aunque solo en mi interior. Cuántos jóvenes hoy día
sueñan con ser estrellas en la N.B.A. o en el béisbol de las Ligas
Mayores. No saben a lo que se exponen con su ambición. Si logran
fama, de alguna forma pagarán el precio. Las medicinas curan, pero
tienen efectos secundarios nocivos. Así es la fama, agradable, pero
sus efectos secundarios pueden afectar al famoso de manera que él no
espera. Tenga mucho cuidado el que aspira a ser famoso, la fama, no
es todo miel sobre hojuelas”·
Dios, Nuestro
Señor, todo amor, todo justicia, todo sabiduría, tiene que estar muy
contento hoy, porque le hacemos justo reconocimiento, como
deportista y como cristiano, a uno de sus hijos predilectos, a su
muy querido Tinajón.
Dijo bien
Santa Teresa de Ávila, una de las más altas cimas de la poesía
mística universal:
“Si
para recobrar lo recobrado
tuve que
haber perdido lo perdido, si para conseguir lo conseguido tuve
que soportar lo soportado.
“Si
para estar ahora enamorado
fue menester
haber estado herido, tengo por bien sufrido, lo sufrido, tengo
por bien llorado, lo llorado.
“Porque
después de todo he comprendido
que no se
goza bien de lo gozado, sino después de haberlo padecido.
Porque después de todo he comprobado que lo que tiene el árbol de
florido, vive de lo que tiene sepultado”.
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