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   Untitled 1 San Juan, Puerto Rico

Los 50 del sueño de Don Ricardo



Ricardo Alegría, fundador del Instituto de Cultura Puertorriqueña.
(Foto Javier Santiago / F.N.C.P.)

Medio siglo se ha cumplido de la materialización del sueño que por mucho tiempo acarició el arqueólogo, folklorista e historiador sanjuanero Ricardo Enrique Alegría Gallardo: la creación de un organismo que preservara, velara, estimulara e impulsara las distintas manifestaciones de nuestra cultura nacional. Para su suerte, la vida le permitió coincidir con dos de los más grandes visionarios surgidos en nuestro país: el entonces gobernador Luis Muñoz Marín y don Ernesto Ramos Antonini, a la sazón presidente de la Cámara de Representantes, de quienes recibió un apoyo decisivo. La Ley 89 que dio vida al Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) fue aprobado el 21 de junio de 1955. Hace 50 años.

Pero el proceso no resultó nada fácil. Porque hubo que enfrentarse a legisladores y a otros líderes políticos que, sencillamente, no tenían fe en este proyecto. Se recuerda, por ejemplo, que en su artículo “Política cultural y Estado Libre Asociado, el profesor José Arsenio Torres, partidario del ELA, se opuso tenazmente “al desvío de una discreta cantidad de energía y recursos hacia áreas irrelevantes al bienestar colectivo y en cruzadas que no constituyen auténtico problema para el pueblo”. Por otro lado, Luis A. Ferré, líder del movimiento pro anexión a los EE.UU., manifestó su total rechazo al nombre de Instituto de Cultura Puertorriqueña aunque estaba dispuesto a aceptar el de Instituto Puertorriqueño de Cultura.

Otros, de manera más general, se burlaban de la iniciativa de Alegría describiendo al naciente ICP como una sucursal de “Aguadilla en San Juan”. Era ésta, en aquellos inicios de la década de 1950, una tienda para turistas ubicada en la calle San Francisco, que vendía los pocos recordatorios (“souvenirs”) que podían adquirirse entonces en la ciudad capital.

Ricardo E. Alegría tuvo que enfrentarse a todos esos escollos junto a un grupo de colaboradores que sí consideraban de gran trascendencia todo lo referente a la cultura nacional y que integraron la primera junta directiva de la naciente institución: Eugenio Fernández Méndez (presidente); Teodoro Vidal (secretario); Enrique Laguerre, José A. Buitrago, José Trías Monge, Arturo Morales Carrión y Salvador Tió.

Excepto los dos últimos mencionados – quienes hubieran preferido que Nilita Vientós Gastón ocupara la posición –, aquella junta lo seleccionó director ejecutivo, en reconocimiento a la lucha que libró para su creación y, sobre todo, por haber sido gestor de la idea. El gobierno le dotó como sede el edificio que, hasta 1950, albergó al Casino de Puerto Rico, situado a la entrada del Viejo San Juan – donde permanecería hasta su mudanza al Convento de los Dominicos en 1970 –, un salario anual de $9,600 por el desempeño de su cargo y una asignación anual de $35,000. Y, ¡cómo rendirían aquellos exiguos primeros fondos!

El legado de don Ricardo E. Alegría, fruto de sus 18 años al frente del Instituto de Cultura Puertorriqueña podría describirse con una sola palabra: monumental. Porque más que con recursos, disponía con voluntad de trabajo y conciencia nacional. Su lista de aciertos es, realmente impresionante y, entre tantos más, incluye: Programa de Restauración del Viejo San Juan y Otras Zonas Históricas y la organización del Archivo General (1955); creación de Comisión Asesora de Monumentos Históricos y Programa de Promoción de las Artes Plásticas (1956); Programa de Artes Populares y Artesanías, Ferias de Santeros e inicio de la restauración del Fuerte San Jerónimo (1957); creación del Festival de Teatro Puertorriqueño y fundación de la trimestral Revista del ICP (1958); restauración de la Plaza San José, en el Viejo San Juan (1960); Programa de Música Folklórica y Programa Pro Rescate del Cuatro Puertorriqueño, gestión que delegó en el profesor Francisco López Cruz (1962); fundación del Centro de Artes Populares, del Museo Luis Muñoz Rivera en la casa natal de éste en Barranquitas y de la Orquesta de Cuerdas del ICP – dirigida originalmente por Kachiro Figueroa – (1963); creación de la Escuela de Artes Plásticas e inicio de la tradicional Fiesta de la Música Puertorriqueña (1966); fundación del Museo de las Bellas Artes y de la Biblioteca General de Puerto Rico (1967); creación de la serie de grabaciones de música tradicional puertorriqueña bajo la etiqueta MP/ICP (1970); el Festival de Trovadores (1972); creación de los primeros Festivales de Bomba y Plena e Inventario del Patrimonio Cultural de Todos los Pueblos (1973).

El conjunto de todo ese bagaje redundó en lo que el gran novelista , periodista y fiel colaborador de don Ricardo, el recién fallecido Enrique Laguerre, definiera como “La honra del concepto de nuestra nacionalidad”. En su artículo “El Instituto de Cultura y su futuro”, aparecido en la edición de noviembre de 1990 de la Revista del Centro de Bellas Artes, este insigne literato manifestaba:

“Hasta este momento era casi tabú hablar de «nación puertorriqueña» en el mundo oficial. «Cultura» dejó de ser un concepto libresco para ser expresión espontánea e íntima de un pueblo y se ponían las miras en el futuro. Digamos, el folkore puede ser fundamento de la recreación estilizadora. Ello se hace patente en las faenas artesanales y musicales. Y aún llegan a la industrialización. Lo indio y lo africano comenzaron a verse con la misma naturalidad con que se ve lo europeo. Comenzaron a libertarse de los pudorosos encogimientos con que la gente colonizada reacciona”.

Luego de culminada la gestión de don Ricardo, el Instituto de Cultura Puertorriqueña sería dirigido por un sinnúmero de figuras del quehacer nacional, cada uno de ellos enfrentando sus propias controversias. Con mayor o menor legado se encuentra en este grupo nombres como Luis Rodríguez Morales, Leticia Del Rosario, Carmen Teresa Ruiz de Fischier, Elías López Sobá, Agustín Echevarría, Carmelo Delgado Cintrón, Awilda Palau, Luis Díaz Hernández, José Ramón De la Torre y, a últimas fechas, la doctora Teresa Tió.


Cultura que se drena de controversia en controversia –

Es innegable que, durante los últimos tiempos, intereses políticos han afectado el funcionamiento de este organismo al nivel que fuera concebido por su gestor y por sus principales colaboradores de antaño. Las nuevas administraciones gubernamentales han relegado a un segundo plano lo concerniente a la cultura nacional reduciéndole presupuestos y esta triste realidad se ha evidenciado en todas las fases de este organismo.

El desarrollo de la actividad teatral auspiciada por el ICP y que, tan exitosamente, emprendiera Francisco Arriví, en un momento dado se estancó por falta de dinero. El Departamento de Música, cuya dirección se había delegado en el pianista clásico Elías López Sobá, cayó en crisis, no sólo por escasez de fondos, sino también por la dejadez de sus funcionarios. Se frenó, de manera considerable, el seguimiento de la colección de grabaciones de música puertorriqueña y la inmensa mayoría de las que se realizaron en el viejo formato de Long Playing bajo la dirección de Héctor Campos Parsi y Tito Henríquez durante la década de los ‘70 y primer lustro de los ‘80 no se han reeditado en formato compacto. Incluso, de acuerdo con la denuncia de la Asociación de Empleados del ICP aparecida en la edición de El Mundo correspondiente al 27 de febrero de 1986, se desviaron $8,000 del exiguo presupuesto destinado a esas producciones para saldar una deuda del gobierno con la agencia publicitaria Israel Rodríguez y Asociados.

Igualmente, cayeron en el abandono las zonas históricas de San Juan y Ponce; se desatendió el importante Archivo Cultural de Puerto Rico, el Programa de Arqueología y la mayoría de los museos. De estos, se vieron forzados al cierre el Museo de la Familia Puertorriqueña, el Museo de Arquitectura Colonial y Casa Blanca. Este último, construido en el Siglo 16 por los hijos de Juan Ponce de León, cerró en septiembre de 1989 debido a los daños ocasionados por el Huracán Hugo y a la ausencia de un plan de urgencia para enfrentar este tipo de calamidad. Para aquellas fechas, el presupuesto gubernamental era de apenas $30,000 anuales para sostener… ¡a todos los museos!, según reveló el director de dicha división, Félix Rodríguez Báez, entrevistado por El Nuevo Día (dic. 17, 1990).

Y, por otro lado, comenzaron los roces entre funcionarios y empleados. Irónicamente, ante la escasez de fondos, se estableció un costosísimo aparato de publicidad y relaciones públicas con una empresa privada, aun cuando el ICP contaba con su propia Oficina de Prensa que era la llamada a realizar tales labores.

Ya en fecha reciente las controversias no han cesado. Las definiciones de música autóctona, la publicación de libros de figuras como don Enrique Laguerre, la asignación de fondos, la rehabilitación de museos, centros culturales y de la propia sede del edificio histórico que alberga el ICP en el Viejo San Juan, han sido motivo de múltiples debates que ocupan continuamente espacio en los diversos medios de comunicación.

Pero, por encima de todos estos factores, hay que concluir que, en términos generales, el resultado de la existencia de este organismo ha sido sumamente importante en la tarea de mantener latentes nuestros valores patrios. Y, tanto don Ricardo como otros trabajadores de la cultura todavía tienen fe en que una nueva generación de puertorriqueños habrá de guiar al ICP por el sendero en que él y sus viejos colaboradores lo concibieron y encaminaron durante sus dos primeras décadas de existencia.

 

26/jun/05

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