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‘Datos’ sobre Mrs. Pupo en su despedida


Doña Digna Rodríguez de Pupo, aquí junto a su hija, la actriz Marilyn Pupo, durante la celebración del Día de las Madres en una edición del programa “Estás invitado” en 1996.
(Foto archivo Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Ella vio la luz en la Antilla Mayor, Cuba. Pero las circunstancias de la vida la trajeron a suelo boricua donde, junto a su familia, echó raíces y sembró semillas que cayeron en tierra firme. Entre sus frutos hay una hija artista de todos conocida: la actriz, cantante y declamadora Marilyn Pupo. Pero más allá de este digno ejemplo, está también la labor dedicada de una educadora que, desde las aulas del Colegio Espíritu Santo de Hato Rey, defendió nuestro vernáculo con pasión.

El pasado domingo 3 de mayo,  Doña Digna Rodríguez de Pupo (Mrs. Pupo) entró a la inmortalidad en la ciudad de Miami, Florida. Previo a su partida, fue su deseo que sus cenizas fueran traídas a suelo boricua donde tantas vivencias nutrieron su ser.

A manera de despedida, un grupo de amigos y ex alumnos de Doña Digna se reunieron en la Iglesia del Espíritu Santo de Hato Rey el pasado 1ero. de junio. Y en lo que fue una reunión fraternal donde se elevó una oración a lo Alto por el descanso eterno de su alma, una de sus ex alumnas, Beba García, ilustró de manera magistral lo que fue el paso de “Mrs. Pupo” por aquellas aulas.

En homenaje póstumo a su memoria, la Fundación Nacional para la Cultura Popular reproduce a continuación este emotivo mensaje de despedida:

“El padre Valeriano necesita datos sobre Mrs. Pupo’, así me lo zamparon. Y yo contesté: ‘Datos, lo que se dice datos, yo no los tengo’. Y es que los datos, por lo regular, involucran cifras, fechas y apuntes, y nada de eso guarda relación con el vínculo que prevalece entre la eterna maestra de español y yo. Les cuento.

“Yo soy la cuarta en una familia que consta de siete hermanos en escalera -cinco cubanos, un madrileño y un puertorriqueño- todos exalumnos del Colegio Espíritu Santo. El inglés lo aprendimos a la cañona -y lo aprendimos bien- puesto que entonces llevaba la batuta en el Colegio una congregación de monjas americanas, con las que había que masticar el idioma difícil, hasta para pedir permiso para ir al baño. El español era otro cantar… Lo traíamos de la casa, lo llevábamos en la sangre, pero nadie se ocupaba de pulírnoslo y muchas veces nos expresábamos como hijos de carretoneros.

“Cada año, Mrs. Pupo, la maestra de español de décimo grado, organizaba una especie de concurso literario, cuya participación era compulsoria y contaba para nota. Yo era entonces una auténtica come libros, a lo que mis hermanos le sacaban partido, pagándome miserablemente para que yo me encargara de escribirles su parte. Tres veces fui plagiada por uno de ellos, antes de representarme a mí misma en el certamen. Llegado el momento, la maestra, que no tenía un pelo de boba, me despepitó: ‘Quiero saber de dónde sacan la vena poética Los García, si es por tu papá o por tu mamá’. Había reconocido de inmediato a la ‘estofona’ de los culos de botella, que había echado el bofe por hacer quedar bien a tres tarambanas, que no atinaban ni a colocar correctamente los acentos. Puestos en evidencia, los restantes hermanos tuvieron que arreglárselas como pudieron y plantaron cara dura garabateando unos “poemas” de los mil demonios. Mi hermano Fanchi, por ejemplo, de la clase del ochenta, se ocupó de no faltar a la rima: ‘Puerto Rico… tus valles y tus jardines… ¡son como un niño corriendo patines!’

“Como era muy bondadosa, la maestra me perdonó inmediatamente el fraude literario y, lejos de regañarme, me persuadió para que escribiera y escribiera. Pinchada por ella, yo creí que me bailaban las musas en la azotea y empecé a soltarle versos, un día sí y otro también, que ella me hacía leer frente a la clase, como si se tratara del mismísimo Neruda.

“Mrs. Pupo no se andaba con ñoñerías. Nos quitaba puntos por cada falta de ortografía porque (y cito) ‘hay que respetar la gramática, caballero’ y nos obligaba a utilizar el diccionario, ‘que ya tiene telarañas’, decía. En clase, nos exigía hablar con propiedad y a más de uno le hacía tragarse los ‘íbanos y veníanos’ y los ‘habemos muchos’. Algunas veces, la pobrecita se nos aflojaba. Entonces, no se mordía la lengua para privarse de hablar a chorros sobre sus dos pasiones: Cubita ‘La Bella’ y Marilyn, su hija, sobre quien le costaba disimular que era la niña de sus ojos, pues, de sólo mencionarla, hasta la voz le salía distinta.

“Yo me embelesaba oyéndola desparramarse, porque su historia la había vivido mi familia en carne propia. Igualito que mi padre, quien aún todo lo expresa con referencias sobre Cuba, Mrs. Pupo disparaba cuentos sobre un exilio forzado y menoscabador, aliviado en parte por la generosidad de una islita radiante, muy parecida a la que había dejado atrás. Ya cerca de que tocara el timbre y con aviesas intenciones de seguir “cortando clase”, ciertos charlatanes le echaban más leña al fuego, pidiéndole que declamara algún poema. Y entonces sí que yo me derretía sobre el pupitre, advirtiendo como a ella le latían las sienes cuando se llenaba la boca de versos.

“Con el permiso de algunos buenos educadores, pongo en duda que en la actualidad alguien emplee tantísimo empeño en alborotarle las ganas literarias a una mojigata, como era yo. A sabiendas, ella celebraba exageradamente mis rudimentarios versos de pacotilla hasta levantar las anclas de mis inhibiciones. Entonces yo me pasaba la noche mascullando símiles y metáforas, por aquello de quedar bien con ella, ¡y en eso se me iba la vida! En definitiva, la sabia maestra terminó por levantar una muralla de expectativas, con respecto a mis escritos y a mi persona, que me obligaba a colocar la meta cada vez más alto. Cuando le entregaba una tarea redactada con desgano, me la devolvía con evidente indignación: ‘Parece mentira, Beba. Tú lo puedes hacer mejor’.

“Tres décadas después, todavía me saboreo la lengua de Cervantes y le cuento a mi descendencia sobre la eficiente maestra que siempre estaba con la matraquilla de las agudas, las llanas y las esdrújulas. Vivo al acecho de los mejores libros en español y luego se los espeto a mis hijas, al tiempo que les planto una descarga por favorecer la lectura en inglés. Evidentemente, ningún apasionado educador se ocupó de infiltrárseles en el alma para incrustar en ella las verdaderas raíces de su idioma y su cultura.

“Como solté al comienzo, datos sobre Mrs. Pupo, lo que se dice datos, la verdad es que no guardo ninguno. Me queda, sin embargo, un recuerdo muy dulce e imborrable sobre la persona que logró que se me quedara grabada la lista de las preposiciones a punta de un constante ‘dalequedale’. ¡Lástima que ahora casi nadie se ocupa de avivarles la mecha a los que guardan dentro ciertos fogonazos de creatividad! Aún subsiste, en mi interior, un asomo de la chiquilla come libros, que se babeaba secretamente oyendo los versos que se leían en su clase de español. Sólo que ahora me arrojo a pregonar mis pasiones a los cuatro vientos, pues una espléndida maestra me enseñó que era bueno divulgarlas ferozmente y con la dignidad de un pavo real. Por ella, estoy convencida de que los libros que nos ‘comemos’ terminan por servirnos de alimento, sobre todo si son en español. ¡Que viva para siempre su semilla en mí!”.

Que descanse en paz, “Ms. Pupo”.


20/jun/09

 

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