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Reflexiones tras la segunda edición
de “Objetivo fama”
Por Miguel López Ortiz / F.N.C.P.

Triunfadora y feliz, la joven Anaís
Martínez, vencedora de la segunda edición de “Objetivo
Fama”.
(Foto Tania Dumas / cortesía
El Vocero) |
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Cuando Televisión Española estrenó su concurso
de caza-talentos “Operación Triunfo” en el 2000,
enmarcándolo en el concepto norteamericano denominado “reality
show”, el revuelo fue fenomenal. La pantalla chica peninsular
registró los más altos niveles de sintonía
en largísimo tiempo. Claro: en una tierra donde la remota
posibilidad de sacarse el premio gordo de la Lotería le quita
el sueño a millones, ser testigos de la lucha de unos pocos
por, al menos, un cuarto de hora de fama, entusiasma a cualquiera.
Tan apoteósico impacto, demás está decir,
le abrió el ojo a los demás pulpos de este medio en
América. Sobre todo, en Estados Unidos. Así que, las
cadenas hispanas de esa Nación no perdieron tiempo en montarse
en el nuevo “trencito dorado”. Para empezar, la red
Univisión comenzó creando “Gigantes del mañana”
dentro del estelar “Sábado gigante” con Don Francisco,
certamen en el que resultó triunfador el boricua Edgardo
Monserrat, quien recién acaba de ver editado su prometido
álbum-debut, “Hasta que digas mi nombre”, bajo
la etiqueta Univisión Music Records.
Casi paralelamente y, originándose desde Puerto Rico, “Objetivo
fama”, cuya primera jornada en el 2004 se concentró
en el talento boricua teniendo a la sangermeña Janina Irizarry
como feliz ganadora. Valga señalarse que, ahora mismo está
“pegada” con su interpretación de “Porque
tú no estás”, primer sencillo de su producción
“Todo de mí”.
Mientras tanto, la cadena Telemundo – que primero forjó
una adaptación al campo actoral, “Protagonistas de
telenovela”, incumpliéndole a la ganadora puertorriqueña
Millie Ruperto con el prometido papel estelar – se dispuso
a implantar “Nuevas voces de América”, organizado
por el influyente Emilio Estefan Jr., aunque este evento no ha generado
tantas expectativas como “Objetivo fama”.
Como es de conocimiento general, a la segunda edición del
concurso que ahora ocupa nuestro interés se le impartió
un matiz más internacional, con participantes de distintas
nacionalidades (mexicanos, cubanos, venezolanos, boricuas, etc.),
aunque la mayoría residentes en Estados Unidos. En términos
de voces – aunque unos con más recursos que otros –,
todos muy bien dotados. Incluso, con experiencia profesional en
este negocio. Aquí no había cabida para simples aficionados
soñadores o desubicados.
Aun ante la fuerte competencia a que se enfrentaba (la mexicana
Azucena Salazar; y los boricuas Jayro Rosado Rodolfo Castera y Jayro
Rosado (nacido en Nueva York) principalmente, con quienes compartió
la ronda final), a muy pocos sorprendió el triunfo de la
dominicana Anaís Martínez. No sólo por el impresionante
vozarrón de que hizo gala a lo largo del evento, sino por
sus habituales arranques de temperamento, algo “tan característico”
en las celebridades del espectáculo. Como que ya tenía
algo adelantado en ese aspecto. Incluso, no faltaron quienes la
calificaran como “un pequeño clon de La Lupe”.
De hecho, fue la interpretación del éxito consagratorio
de ésta, el bolero “Qué te pedí”,
el punto que selló su gran noche, logrando granjearse la
ovación más efusiva y prolongada de toda la jornada.
Al igual que su antecesora Janina, la “naciente estrella”
criada y residente en el condado neoyorquino de Bronx recibió
un automóvil Pontiac V6 de paquete y un adelantito de $25,000
– ¡ay, qué rico! – correspondiente a su
contrato con Univisión Music Records. De verdad, ojalá
que siempre la vaya tan bonito como el sábado 30 de abril
que, seguramente, jamás olvidará. A los otros muchachos,
también.
El verdadero propósito de estos
eventos no es descubrir nuevos valores -

Jayro Rosado, boricua nacido en Nueva
York, fue uno de los finalistas de la competencia.
(Foto Tania Dumas / cortesía
El Vocero) |
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Sin embargo, como en la industria del espectáculo todo funciona
por etapas dominadas por el factor “fiebre”, es preciso
estar pendiente a cuántos les dura el carnaval a esta nueva
pléyade de figuras convertidas en “estrellas”
al cabo de par de meses de confinamiento en una “academia”.
Porque la realidad, monda y lironda, es una: el propósito
primordial de estos concursos de talento NO es descubrir nuevos
valores en el arte musical. La época de los festivales de
la canción – que sí perseguían tal fin
– ya forman parte de la prehistoria y hoy la industria discográfica
no precisa de ningún recurso como esos. A los productores
sólo les bastaría sentarse a escuchar demos y más
demos de aspirantes a una oportunidad de grabar y mirar sus fotografías
e, incluso, vídeos, por si procuran alguna imagen determinada.
Tanto las multinacionales como las compañías independientes
reciben ese material por montones constantemente. Entonces, ¿para
qué montar festivales o concursos televisivos?
La intención principal de estos concursos es monopolizar
la sintonía televisiva. Y, esta vez, la materia prima a explotarse
es el sueño de jóvenes cantantes de figurar a la altura
de Luis Miguel, Chayanne y Ricky Martin o, en el caso de ellas,
emergir como una nueva Britney Spears, Christina Aguilera, Thalía
o Paulina Rubio. ¿A quiénes no les encantaría
eso? De ahí que, siguiendo un libreto, los participantes
se sometan a los rigores establecidos por los tutores de los cuarteles
en que son encerrados, algunos de los cuales no dejan de ser absurdos
o ridículos. Todo sea por impartirle expectación al
asunto.
Por ejemplo, ¿cuál es la idea de forzar a ciertos
vocalistas a interpretar piezas de géneros con los que no
se identifican, ni les gustan y, mucho menos, les interesa? Ninguna
estrella en el mundo se presta para ello. Al contrario, la mayoría
de ellas – muchas sin grandes facultades – logra brillar
porque cuentan con autores que les componen “a la medida”.
Ver a un pobre mexicano, vocalista rockero en Arizona, esforzándose
por quedar bien cantando salsa para que después un grupo
de “expertos” lo crucificara, realmente lloraba ante
los ojos de Dios.
En España el furor de “Operación
triunfo” ya se disipó
Pero, como apuntamos anteriormente, en este negocio las fiebres
no suelen ser duraderas. En España, el furor de “Operación
triunfo” decayó considerablemente a partir de la segunda
edición. Al punto de que sólo David Bisbal –
gran triunfador de la primera fase –, los finalistas de aquella
jornada inicial y alguno que otro de la siguiente han logrado disfrutar
de su “cuarto de hora”. Nada ha pasado con los “triunfadores”
más recientes. Cabe entonces preguntarse, ¿hasta cuándo
durará la fiesta aquí? ¿Dará seguimiento
Univisión – a través de su filial discográfica
y de sus programas – a los ganadores de cada edición
o sólo los conformará con el primer disco y luego
se zapateará de ellos?
El sentir unánime de los conocedores es que, más
que estrellas – hoy sobran en el ambiente artístico
–, la música clama por verdaderos creadores y por propuestas
frescas y novedosas. Y para eso no es preciso poseer un vozarrón,
lucir bonito y muy elegante o desenvolverse como un dios en el escenario.
Todo eso puede aprenderse. Lo que sí hace falta es voces
con colores menos comunes y estilos más originales.
¿Se imaginan ustedes que Agustín Lara, Bola de Nieve,
Miguel Matamoros, José Antonio Méndez, César
Portillo De la Luz, Sylvia Rexach, Armando Manzanero y todos esos
genios que fueron los que, de verdad, musicalizaron al Nuevo Mundo,
hubieran dependido, para proyectar sus legados, de eventos como
“Operación triunfo”, “Gigantes del mañana”,
“Nuevas voces de América” y “Objetivo fama”?
¡Menos mal que no existían hace 60 años!
10/may/05
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