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Reflexiones tras la segunda edición
de “Objetivo fama”



Triunfadora y feliz, la joven Anaís Martínez, vencedora de la segunda edición de “Objetivo Fama”.
(Foto Tania Dumas / cortesía El Vocero)

Cuando Televisión Española estrenó su concurso de caza-talentos “Operación Triunfo” en el 2000, enmarcándolo en el concepto norteamericano denominado “reality show”, el revuelo fue fenomenal. La pantalla chica peninsular registró los más altos niveles de sintonía en largísimo tiempo. Claro: en una tierra donde la remota posibilidad de sacarse el premio gordo de la Lotería le quita el sueño a millones, ser testigos de la lucha de unos pocos por, al menos, un cuarto de hora de fama, entusiasma a cualquiera.

Tan apoteósico impacto, demás está decir, le abrió el ojo a los demás pulpos de este medio en América. Sobre todo, en Estados Unidos. Así que, las cadenas hispanas de esa Nación no perdieron tiempo en montarse en el nuevo “trencito dorado”. Para empezar, la red Univisión comenzó creando “Gigantes del mañana” dentro del estelar “Sábado gigante” con Don Francisco, certamen en el que resultó triunfador el boricua Edgardo Monserrat, quien recién acaba de ver editado su prometido álbum-debut, “Hasta que digas mi nombre”, bajo la etiqueta Univisión Music Records.

Casi paralelamente y, originándose desde Puerto Rico, “Objetivo fama”, cuya primera jornada en el 2004 se concentró en el talento boricua teniendo a la sangermeña Janina Irizarry como feliz ganadora. Valga señalarse que, ahora mismo está “pegada” con su interpretación de “Porque tú no estás”, primer sencillo de su producción “Todo de mí”.

Mientras tanto, la cadena Telemundo – que primero forjó una adaptación al campo actoral, “Protagonistas de telenovela”, incumpliéndole a la ganadora puertorriqueña Millie Ruperto con el prometido papel estelar – se dispuso a implantar “Nuevas voces de América”, organizado por el influyente Emilio Estefan Jr., aunque este evento no ha generado tantas expectativas como “Objetivo fama”.

Como es de conocimiento general, a la segunda edición del concurso que ahora ocupa nuestro interés se le impartió un matiz más internacional, con participantes de distintas nacionalidades (mexicanos, cubanos, venezolanos, boricuas, etc.), aunque la mayoría residentes en Estados Unidos. En términos de voces – aunque unos con más recursos que otros –, todos muy bien dotados. Incluso, con experiencia profesional en este negocio. Aquí no había cabida para simples aficionados soñadores o desubicados.

Aun ante la fuerte competencia a que se enfrentaba (la mexicana Azucena Salazar; y los boricuas Jayro Rosado Rodolfo Castera y Jayro Rosado (nacido en Nueva York) principalmente, con quienes compartió la ronda final), a muy pocos sorprendió el triunfo de la dominicana Anaís Martínez. No sólo por el impresionante vozarrón de que hizo gala a lo largo del evento, sino por sus habituales arranques de temperamento, algo “tan característico” en las celebridades del espectáculo. Como que ya tenía algo adelantado en ese aspecto. Incluso, no faltaron quienes la calificaran como “un pequeño clon de La Lupe”. De hecho, fue la interpretación del éxito consagratorio de ésta, el bolero “Qué te pedí”, el punto que selló su gran noche, logrando granjearse la ovación más efusiva y prolongada de toda la jornada.

Al igual que su antecesora Janina, la “naciente estrella” criada y residente en el condado neoyorquino de Bronx recibió un automóvil Pontiac V6 de paquete y un adelantito de $25,000 – ¡ay, qué rico! – correspondiente a su contrato con Univisión Music Records. De verdad, ojalá que siempre la vaya tan bonito como el sábado 30 de abril que, seguramente, jamás olvidará. A los otros muchachos, también.

El verdadero propósito de estos eventos no es descubrir nuevos valores -


Jayro Rosado, boricua nacido en Nueva York, fue uno de los finalistas de la competencia.
(Foto Tania Dumas / cortesía El Vocero)

Sin embargo, como en la industria del espectáculo todo funciona por etapas dominadas por el factor “fiebre”, es preciso estar pendiente a cuántos les dura el carnaval a esta nueva pléyade de figuras convertidas en “estrellas” al cabo de par de meses de confinamiento en una “academia”. Porque la realidad, monda y lironda, es una: el propósito primordial de estos concursos de talento NO es descubrir nuevos valores en el arte musical. La época de los festivales de la canción – que sí perseguían tal fin – ya forman parte de la prehistoria y hoy la industria discográfica no precisa de ningún recurso como esos. A los productores sólo les bastaría sentarse a escuchar demos y más demos de aspirantes a una oportunidad de grabar y mirar sus fotografías e, incluso, vídeos, por si procuran alguna imagen determinada. Tanto las multinacionales como las compañías independientes reciben ese material por montones constantemente. Entonces, ¿para qué montar festivales o concursos televisivos?

La intención principal de estos concursos es monopolizar la sintonía televisiva. Y, esta vez, la materia prima a explotarse es el sueño de jóvenes cantantes de figurar a la altura de Luis Miguel, Chayanne y Ricky Martin o, en el caso de ellas, emergir como una nueva Britney Spears, Christina Aguilera, Thalía o Paulina Rubio. ¿A quiénes no les encantaría eso? De ahí que, siguiendo un libreto, los participantes se sometan a los rigores establecidos por los tutores de los cuarteles en que son encerrados, algunos de los cuales no dejan de ser absurdos o ridículos. Todo sea por impartirle expectación al asunto.

Por ejemplo, ¿cuál es la idea de forzar a ciertos vocalistas a interpretar piezas de géneros con los que no se identifican, ni les gustan y, mucho menos, les interesa? Ninguna estrella en el mundo se presta para ello. Al contrario, la mayoría de ellas – muchas sin grandes facultades – logra brillar porque cuentan con autores que les componen “a la medida”. Ver a un pobre mexicano, vocalista rockero en Arizona, esforzándose por quedar bien cantando salsa para que después un grupo de “expertos” lo crucificara, realmente lloraba ante los ojos de Dios.

En España el furor de “Operación triunfo” ya se disipó

Pero, como apuntamos anteriormente, en este negocio las fiebres no suelen ser duraderas. En España, el furor de “Operación triunfo” decayó considerablemente a partir de la segunda edición. Al punto de que sólo David Bisbal – gran triunfador de la primera fase –, los finalistas de aquella jornada inicial y alguno que otro de la siguiente han logrado disfrutar de su “cuarto de hora”. Nada ha pasado con los “triunfadores” más recientes. Cabe entonces preguntarse, ¿hasta cuándo durará la fiesta aquí? ¿Dará seguimiento Univisión – a través de su filial discográfica y de sus programas – a los ganadores de cada edición o sólo los conformará con el primer disco y luego se zapateará de ellos?

El sentir unánime de los conocedores es que, más que estrellas – hoy sobran en el ambiente artístico –, la música clama por verdaderos creadores y por propuestas frescas y novedosas. Y para eso no es preciso poseer un vozarrón, lucir bonito y muy elegante o desenvolverse como un dios en el escenario. Todo eso puede aprenderse. Lo que sí hace falta es voces con colores menos comunes y estilos más originales.

¿Se imaginan ustedes que Agustín Lara, Bola de Nieve, Miguel Matamoros, José Antonio Méndez, César Portillo De la Luz, Sylvia Rexach, Armando Manzanero y todos esos genios que fueron los que, de verdad, musicalizaron al Nuevo Mundo, hubieran dependido, para proyectar sus legados, de eventos como “Operación triunfo”, “Gigantes del mañana”, “Nuevas voces de América” y “Objetivo fama”?

¡Menos mal que no existían hace 60 años!

10/may/05

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