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   Untitled 1 San Juan, Puerto Rico

Juan Morel Campos: un Beethoven boricua
que antecedió a la salsa


Detalle de la obra del pintor Olivier sobre el compositor puertorriqueño Juan Morel Campos y la danza “Laura y Georgina”.
(Obra colección Javier Santiago)

Hace apenas par de días, el miércoles 16 de mayo para ser exactos, el más importante músico puertorriqueño del Siglo 19, Juan Nepomuceno Morel Campos (1857-1896), hubiera cumplido 150 años de edad. Pero, ¡qué lástima!, apenas vivió 39. Claro: el legado que dejó a la cultura musical de nuestro País fue enorme, pues – además de virtuoso de la flauta, el bombardino, el piano y la dirección orquestal – fue un compositor impresionantemente prolífico.

Su vasta colección de obras – se estima que sobrepasa las 700, aunque hoy se conservan 549 partituras – incluye 137 piezas de carácter religioso, 129 de variado corte: las sinfonías “El certamen”, “La lira” y “Puerto Rico”; el popurrí de marchas fúnebres “Pobre Tavárez” (a raíz del fallecimiento de Manuel Gregorio Tavárez, quien fuera su maestro y principal influencia); la marcha sinfónica “Juegos florales”; la tanda de valses “Saludo a Ponce” y las zarzuelas “Amor en triunfo”, “Un día de elecciones” y “Un viaje a América” y, el resto, con aires de chotís, galopa, gavota, guaracha, himno, lancero, mazurca, pasodoble, polka y romanza. No obstante, fueron sus 283 danzas, de las cuales 75 fueron escritas específicamente para piano, las que le valdrían la inmortalidad. Ningún otro autor lo ha superado en lo que respecta al cultivo de este último género. ¿Imaginan cuánto se hubiera acrecentado tan inmenso repertorio de haber vivido diez o veinte años más?

Se le ha comparado con Beethoven, Bellini, Mozart y Strauss –

Un dato que resulta imprescindible traer a colación es el hecho de que este extraordinario ponceño es el autor de más prolongada vigencia en la historia de la música nacional de Puerto Rico. Porque, a 111 años de su desaparición física, muchísimas de sus danzas se siguen grabando constantemente. Tal circunstancia lo ubica por encima de otros genios, como Manuel Gregorio Tavárez (1843-1883), su maestro y principal influencia, de quien sólo se recuerdan las tituladas “Margarita”, “Ausencia”, “La sensitiva” y, si acaso, un par más.

En el revelador escrito titulado “La danza puertorriqueña”, incluido en el interior de la carátula del importante álbum “Jesús María Sanromá interpreta 50 danzas de Juan Morel Campos”, editado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña en 1957, el historiador José A. Balseiro evoca a ambos músicos afirmando:

“Si Tavárez – guardando la distancia de rigor – merece que se le llame ‘El Mozart de Puerto Rico’, su discípulo y sucesor Juan Morel Campos es nuestro Beethoven. De igual manera que el maestro de Bonn amplió la sinfonía y la orquesta legadas por Haydin y por Mozart, Morel Campos halló mayor amplitud armónica y más variedades melódicas en la danza puertorriqueña, enriqueciéndola genialmente”.

No fue este el único elogio de tal envergadura que otros músicos de altísimo nivel le profesaran. Por ejemplo, en su artículo aparecido en la edición de mayo de 1971 de la Revista del Café, la profesora Socorro Girón apunta que, durante su visita a Puerto Rico en 1875, el virtuoso violinista cubano Claudio José Domingo Brindis de Salas lo catalogó como “El Strauss de Borinquen”. Para entonces, quien fuera su maestro, Tavárez, ya le había estampado el calificativo de “El Bellini de la Danza”.

Fue el primer artista boricua ídolo de las féminas y muchos estudiosos contemporáneos lo califican como el más cercano antecesor de los salseros nacionales –


El compositor y músico Juan Morel Campos fue una figura de vanguardia en el pentagrama nacional.
(Foto colección Miguel López Ortiz)

Por la naturaleza festiva de gran número de sus danzas y guarachas – estas últimas muy similares a las que se cultivarían décadas después –, estudiosos contemporáneos no vacilarían en calificarlo como… ¡el primer salsero boricua! O, por lo menos, el más cercano antecesor de ellos.

Por su parte, otro destacado musicólogo, José P. Alcalá, en su escrito titulado “Juan Morel Campos: alma de nuestra danza”, publicado en la página 2-B de la edición del diario El Mundo correspondiente al jueves 12 de mayo de 1983, expresa que “la mayoría de dichas danzas fueron dedicadas a señoritas ponceñas, ya que el gran músico era un ídolo entre el bello sexo”. Considerando la época que le tocó vivir, no sería tan aventurado afirmar que, además, fue nuestro primer artista que emergió como ídolo de las féminas, adelantándose por más de medio siglo a Daniel Santos, Bobby Capó, Tito Lara, los exponentes de La Nueva Ola de la revoltosa década de 1960 y, obviamente, a lo más contemporáneos Chayanne y Ricky Martin.

Curiosamente, a pesar de que dedicaba estas obras a admiradoras, amigas o allegadas, Morel Campos nunca las concibió para ser cantadas, sino para ser bailadas o escuchadas de manera instrumental. Jamás escribió los versos de alguna, aunque “Laura y Georgina”, por ejemplo, se ha popularizado sobre un poema de José De Diego. Los textos de muchas de ellas fueron escritas por otros compositores y literatos ya adelantado el Siglo 20. Y no son pocas las que todavía permanecen sin letra. El gran dramaturgo Francisco Arriví es el autor de los versos de las tituladas “Conversación”, Idilio”, “La conga”, “Maldito amor” y “¿Qué será?”, entre otras. Nuestro Cantante Nacional, Pedro Ortiz Dávila “Davilita”, aportó la correspondiente a “Mis penas” y Johnny Rodríguez la de “No me toques”. Otros autores que escribieron versos para sus danzas fueron Felipe Rosario Goyco “Don Felo”, los poetas Francisco Bocanegra Respeto, Félix Matos Bernier, Antonio Mirabal, Gregorio Thillet Turell y la cantante mayagüezana Estela Mangual Cestero.

Morel Campos era hijo del dominicano Manuel Morel Araujo y la venezolana Juana de Dios Campos. Tenía ocho años cuando – a la par con su educación académica regular – inició sus estudios musicales bajo la tutela de Francisco Borja Gómez (compatriota de su progenitora), mismos que continuó con Vicente Juan (su maestro de solfeo y bombardino); Antonio Egipciaco (de armonía, flauta y piano) y, a partir de los catorce, con Manuel Gragorio Tavárez, quien lo adiestró en la ejecución del piano. Ya para estas fechas era habitual en conjuntos y orquestas de la región Sur.

Precisamente a la edad de 14 años se estrenó como compositor creando la danza “El sopapo”, inspirado en un incidente que se suscitó mientras integrando una de aquellas formaciones amenizaba un baile en Juana Díaz. Allí dos adolescentes se involucraron en una acalorada discusión por asuntos de faldas y uno de ellos le propinó una sonora bofetada – o sopapo – al otro, lo cual desembocó en la inevitable pelea a puñetazos. Poco tiempo después compuso su segunda danza, “Ciudad de Ponce”, a la que le siguió la titulada “Alegrías”. En lo sucesivo, su ingenio creativo no tendría descanso.

Fundó y dirigió dos orquestas simultáneamente y fundó la Banda Municipal de Ponce en 1883 –

Como líder de orquesta fundó la Orquesta La Progresista para conciertos y la Orquesta La Lira para amenizar bailes en 1875. En 1883 organizó la Banda de Bomberos de Ponce que, posteriormente, daría paso a la Banda Municipal. En el interín, viajó a España y Sudamérica. A la Madre Patria, en calidad de bombardinista solista de la Banda del Batallón de Cazadores y formaciones del género clásico. A Argentina, Brasil, Colombia y Venezuela como director de la orquesta oficial de la compañía zarzuelera española que comandaba Bernardo Abella.


A 150 años de su natalicio, la obra de Juan Morel Campos continúa inspirando a las nuevas generaciones. Como ejemplo surge este compacto grabado por el cuatrista orocoveño Edwin Colón Zayas.
(Colección Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Si hacemos una lista parcial de algunas de sus danzas más difundidas encontraríamos obras como: “A la Luna”, “Amor bendito”, “Anita”, “Apaga las velas”, “Ausencia”, “Bendita seas”, “Candorosa”, “Carlota”, “Carmela”, “Ciclón”, “Cielo de encantos”, “De tu lado al Paraíso”, “Di que me amas”, “El torbellino”, “Elvira”, “En alta mar”, “Ensueños de amor”, “Fiesta de amigos”, “Fígaro”, “Gloria”, “Goces”, “Hasta la vuelta”, “Herminia”, “Horas felices”, “Influencia del arte”, “Joaquina”, “La bulliciosa”, “La incógnita”, “La Rosario”, “Las dos Marías”, “La sentimental”, “Las máscaras”, “La trigueñita”, “Máscaras alegres”, “Mi Perla”, “Mulata Rosa”, “Noche deliciosa”, “No desconfíes”, “No me olvides”, “Novedades”, “Palito uno, palito dos”, “Panchita”, “Penas del corazón”, “Perla de mi patria”, “Placeres de la vida”, “Por ti suspiro”, “Quejas del alma”, “Siemprevivas”, “Sin ti jamás”, “Si te toco”, “Soñando”, “Soy feliz”, “Sueño de amor”, “Sueño venturoso”, “También lo dudo”, “Te adoro”, “Te lo dije”, “Ten piedad”, “Teresa”, “Tormento”, “Tres gracias”, “Tus ojitos”, “Tuya es mi vida”, “Últimos compases”, “Una súplica”, “Un viaje a Canas”, “Vinagre”, “Virgilia”, “¡Viva la Pepa!”, “Ya somos dos” y las que fueron sus dos últimas composiciones, “La bella Margot” y “Recelos”.

La noche del 26 de abril de 1896, mientras dirigía la orquesta del Teatro La Perla de Ponce en la zarzuela “El reloj de Lucerna”, de Marcos Zapata & Miguel Márquez, montada por la Compañía Lloret y Pastor, un infarto cardíaco lo hizo desplomarse sobre el atril ante una sala abarrotada. Sobreviviría 16 días. Falleció a las 8:00 de la mañana del 12 de mayo. De su matrimonio con Secundina Beltrán Collazo fueron frutos Olimpia, Eugenia, Belén, Plácido y Manuel.

18/may/07

 

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