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  San Juan, Puerto Rico ::

Placeres en “Los vapores de Sor Emilia”

Francisco Velázquez
El veterano periodista puertorriqueño Francisco R. Velázquez acaba de publicar “Los vapores de Sor Emilia”.
(Foto suministrada)

“En una gaveta de doble fondo en un secretaire que mi mujer había comprado en una tienda de cambalaches, encontré unas pruebas de galera en tamaño de octavilla, corregidas a mano, de un tracto moral a publicarse. Venía guardado dentro de una caja de tabacos Comodoro, vitola de salida, de la manufactura Briones y Portela, torcidos a mano en 1915 en Utuado, Puerto Rico”.
Francisco Velázquez

“Los vapores de Sor Emilia” presenta un texto escrito por el veterano periodista Francisco R. Velázquez, quien trabajó para la redacción de El Vocero y otros periódicos del País, del que se derivan sendos placeres, siendo el primero el manejo de nuestro idioma. Da gusto regodearnos en el verbo del autor - sucinto, exacto, descriptivo y poderoso – y de disfrutar con la utilización de un vocabulario añejado que responde a la época en que transcurre el inusitado opúsculo, primer tercio del siglo XX. Velázquez da cátedra de los sortilegios de nuestra lengua.

Tras el placer del lenguaje, el lector derivará el de la historia escrita con estilo elegante y sabroso como corresponde al género de literatura erótica, en su más alta exposición -90 páginas ingeniosas y perversas, que sin duda hubiesen sido galardonadas por la afamada colección Sonrisa Vertical, ya cerrada por la Editorial Tusquets de España.

Esta novela, más bien cuento largo o “novella”, edición del propio autor con el aval del Mecenazgo de La Secta de los Perros, hace uso de un viejo recurso literario de un texto original encontrado y que el escritor se da la tarea de publicar, según sus propias palabras “He aquí, pues, la historia escrita por el bedel Brasillac, sin restarle ni una coma ni añadirle una letra”.

“Los vapores de Sor Emilia” narra las relaciones carnales entre una monja de 23 años encerrada en el Convento de las Clarisas Descalzas llamada Emilia Leclerc, de “ojos grandes y negros como imagina él los farallones del infierno” y Antonio, revisor de formatos y tipografía de la imprenta Casa Didot, en Arecibo, 1918. La seducción a través del interlocutorio de Antonio por la monja, cerebral y verbal, dará paso a la huida, y a la segunda seducción al refocilarse la pareja durante varios días en los aposentos de Antonio, en aras de la concupiscencia desmedida de ambos, descrita puntualmente por Velázquez: “Serenos tras la sofocación, se abrazan y hasta se miman con una suerte de cariño ajeno a las lujurias por las que han transitado”.

De cómo se desvía la pecaminosa relación, de la aparición de Violeta: “La que me trajo la ropa, dice estar enamorada de mí. Yo también de ella”, explicará Emilia; del papel que juega el obispo de Arecibo, en este intrincado tablero -ramalazos de ciertos cuentos de Bocaccio-; y del desenlace de cataclismo, muerte, sangre y justicia poética, se conforma este texto.


10/may/09

 

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