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“El Paisa”: nuestro primer cantante popular
de fama internacional
Por Miguel López Ortiz / F.N.C.P.

El 12 de octubre se cumple medio siglo
del fallecimiento de Francisco Quiñones «El Paisa»
(1882-1954).
(Foto suministrada) |
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Francisco Quiñones «El Paisa» fue el cuarto
vocalista puertorriqueño, exponente de la canción
popular, que tuvo oportunidad de perpetuar su voz, gracias a la
entonces naciente industria discográfica. Su primera sesión
de grabación aconteció el 13 de enero de 1917 en el
establecimiento de don Luis Sánchez Morales en el Viejo San
Juan – pionero en la distribución de enseres eléctricos
–, donde técnicos de la Victor Talking Machine habían
instalado el rudimentario equipo mecánico necesario para
tan históricos registros.
A «El Paisa» tan sólo lo habían antecedido
en tal tarea la contralto sanjuanera Teresina Moreno Calderón
y el Dúo Parrilla-Carrillo – intérprete de aires
campesinos – en la primera serie de grabaciones realizada
en nuestro país (Columbia, 1910) y el orocoveño Manuel
Jiménez «Canario», quien grabó varias
melodías mexicanas para la etiqueta Pathé, en Nueva
York, en 1914. Todos estos registros se efectuaron en el sistema
de cilindros. Es importante aclarar que el boricua que pasó
a la historia como el primero cuya voz se grabó para la posteridad
fue el insigne tenor ponceño Antonio Paoli Marcano (1871-1946).
Específicamente, para la compañía Discophone
en 1907. Pero éste no cultivaba la canción popular,
sino la ópera.
El debut discográfico de «El Paisa» constó
de siete romanzas. Primero se editaron “La criolla”
y “La puertorriqueña”, en ambas formando dueto
con Angelito De la Rosa en la segunda voz. Las otras fueron “El
huérfano”, “Escuchando mis cantares”, “Nereida”,
“Responde” y, a dúo con un tal Barrios, la que
sería el más resonante éxito de su carrera:
la danza “Alondras en el bosque”, del arecibeño
Carlos Padilla. A partir de entonces, la actividad artística
de este intérprete sería muy intensa. Entre tantos
méritos más, se le acredita haber sido uno de los
primeros cantantes que actuó en la radio nacional, siendo
frecuente invitado a audiciones de la emisora pionera, WKAQ, durante
los tempranos años de la década de 1920.
Resulta imperativo señalar que, curiosamente, los mencionados
cantantes que lo antecedieron en el ámbito del disco alcanzaron
cartel estelar cuando ya él era un artista exitoso. Por ejemplo,
el más notable de ellos, «Canario», cosechó
sus primeros triunfos a partir de su vinculación a la casa
Victor en 1926.
Mientras tanto, antes de aquellas fechas, en los estudios de la
Victor en Camden, Nueva Jersey –4, 5 y 6 de agosto de 1924
–, Francisco Quiñones «El Paisa» había
realizado las tres sesiones que le resultaron consagratorias, registrando
un total de 24 piezas. En la mayoría fue acompañado
por el venezolano Leonel Velazco (alternándose con el piano
y la guitarra) y, en otras, por un guitarrista de lujo: Rafael Hernández.
Salvador De Jesús le hizo segunda voz.
Durante largos años fueron muy populares sus interpretaciones
de las siguientes obras de Padilla: “Soñé”
y “Suspiros de amor” (boleros); “Despedida rumbera”
y “Los chivos en el batey” (guarachas); “Charada”
(vals) y la segunda versión de “Alondras en el bosque”.
También: “Alma boricua” (one-step de Clodomiro
Rodríguez Colón y José Rodríguez Pastor
que alcanzaría categoría de clásico); los boleros
“Niña” y “Tristeza” (de Julio Alvarado);
“Yo no sé si me quieres” (de Enrique Dorrego);
“Madre” (de Santiago Sebastián); “La Concha”
(de Angelito De la Rosa) y “Amor y desengaño”
(de Rafael Hernández); las danzas “Borinquen”
(de Félix Astol y Luis Lloréns Torres); “Confesión”
(de Blas Laguna) y “Vívelo” (de Luis Rodríguez
Miranda) y el vals “Preso y enfermo” (de Hipólito
«Polo el Bardo» Rivera).
Hacia 1925 ó 1926 se estableció en Nueva York. Aquí
encabezó un trío que completaron Fausto Delgado (segunda
voz) y el virtuoso guitarrista y cuatrista Heriberto Torres. Con
ellos grabó, entre otras piezas, la que fue muy difundida
versión de la danza “La Borinqueña” –
convertida en Himno Nacional de Puerto Rico en 1952 –, original
de Félix Astol con letra de Manuel Fernández Juncos.
El 19 de septiembre de 1934 volvió a grabar en San Juan.
Esta vez, acompañado por un conjunto dirigido por Jorge Rubiano
y una segunda voz prodigiosa: El Negro Chapman. Esta sesión
consistió de cuatro boleros: “En el Escambrón”
y “Te la regalo” (originales de Rubiano); “Candita”
(de Rafael Hernández) e “Ilusión” (de
Leslie A. Nieves), que fueron editados por Brunswick Records.
Catalogado por Rafael Hernández como “uno de los mejores
cantantes que han tenido las Antillas, dueño de una voz de
tenor de altos quilates”, este intérprete que hoy recordamos
era un artista intuitivo. De formación autodidáctica,
“El Paisa” nació en San Germán, el 23
de marzo de 1882. Durante su adolescencia trabajó como aprendiz
de herrero. Luego se convirtió en mecánico de maquinarias
de la industria azucarera, oficio que desempeñó en
la Central Coloso, en Aguadilla. Sirvió al Ejército
norteamericano que acababa de entrar a la Primera Guerra Mundial
(1914-1916). Tras obtener su licenciamiento, se radicó en
Puerta de Tierra. Fue entonces que emprendió formalmente
su trayectoria musical formando un admirado dúo con Ramón
Quirós. Junto a éste volvería a compartir triunfos
durante su etapa en la plaza neoyorquina.
A lo largo de su carrera, «El Paisa» se presentó
en teatros, centros nocturnos y radioemisoras de varias ciudades
de Estados Unidos, Cuba y, naturalmente, su patria. Pero, gracias
a que el grueso de su discografía fue editado por las multinacionales
Victor – luego RCA Victor – y Brunswick, sus grabaciones
se distribuyeron en casi toda América, donde recibieron considerable
difusión. Las últimas que realizó fueron registradas
en los estudios de Puerto Rico Records a mediados de la década
de 1940. En estas fue acompañado por el Grupo Aurora, entonces
encabezado por el cuatrista Ladislao «Ladí» Martínez
y el guitarrista Felipe Rosario Goyco «Don Felo». El
pepiniano Ernestico Mantilla le hizo segunda voz en algunas selecciones.
Minado por la diabetes, calamidad que le provocó la amputación
de sus piernas, este insigne boricua falleció en Cataño,
el 12 de octubre de 1954. Contaba 72 años.
22/oct/04
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